El viernes a primera hora la noticia del terremoto de Japón, el más potente en los últimos no se cuantos años, se acompañaba de una sola víctima mortal. Claro, era Japón, uno de los países más ricos del planeta. El sentimiento general decía “si esto hubiera pasado en otro lugar, las víctimas se contarían por miles o decenas de miles, incluso más”.

Al medio día del viernes se giraban las primeras imágenes de la devastación y la cifra de víctimas mortales se incrementaba a cincuenta personas. Se aventuraban las consecuencias del tsunami por llegar más sus efectos en la isla nipona y rededores. Pero era Japón, uno de los países más ricos del planeta.

Hoy, miércoles, las víctimas mortales superan las cuatro mil y las desaparecidas duplican dicha cifra. Los destrozos del Tsunami “al llegar a tierra” han consternado al más templado, las centrales nucleares dan más miedo que nunca e incluso se habla de un Apocalipsis. Y eso que Japón era uno de los países más ricos del planeta.

El drama que hoy vive el lejano oriente aún nos toca de lejos, pero sólo tierra mediante.  Japón es una de las economías capitalistas más fuertes del mundo. Uno de los pueblos más orgullosos, con un nivel de vida encomiable, capaz de superar sin miramientos la catástrofe de Hiroshima, de vender tecnología hasta para beber sopa, de visitar todos los monumentos del mundo, experta en robarle metros al mar y construir rascacielos a prueba de seísmos, de consumir productos inútiles como pocas sociedades son capaces y venderse al hedonismo ultra liberal con placer enfermizo… Japón, vive los momentos más trágicos de sus últimos setenta y pico años. Y la cosa aún no ha terminado.

Aunque no consumo la TV, los vídeos de Youtube  me han sobrecogido los sentimientos hasta el tamaño de una nuez, ibérica, que las de California están hinchadas. Esos barcos de juguete en compañía de coches y furgonetas, paseando por las calles de ciudades devastadas. Esas olas tan negras como estremecedoras. La explosión nuclear de una central cuyo nombre no recuerdo. Spielberg ya se frota las manos.

Y sin embargo, una de las imágenes más duras que he visto es la de una madre hablando con su hija, a través de un cristal. La hija está en la zona afectada por la radiación. Los muros, es lo que tienen,  a algunos nos remueven las entrañas más de la cuenta.

Era Japón y le ha tocado. Ni todo el dinero del mundo, ni la más avanzada tecnología del planeta ha evitado el desastre. Algunos dirán que de no ser por ello, la cosa habría sido peor.  ¡Que se lo digan a los muertos!, no te jode, algunos parecen tener siete vidas. Ya sabemos que las tragedias no sólo le toca a los pobres…  ¿seremos capaces de aprender un poco de humildad?.

Jon Ariza.