Dos aterradoras noticias caminan de la mano en estos días. Primero la muerte en el Estrecho, otra vez, de varias decenas de personas al hundirse la embarcación en que viajaban, segundo, pero no en segundo lugar, que más de 1.000.000.000 de personas sufren hambre en el mundo, según datos de la ONU.
Una cifra con tantos ceros no es una barbaridad en la mente del occidental, acostumbrado a lo grande: millones de parados, millones de deudas, millones por un piso de 20 metros, millones en la lotería, millones de calorías… a mi, sin embargo, el hecho de que solo una persona pase hambre, en un planeta sobreexplotado y esquilmado, maltratado, me resulta vomitivo.
Los demócratas del occidente rico se amasan las grasas y rasgan las vestiduras cada vez que alguien pone en tela de juicio las virtudes de la democracia… a costa de medio mundo. El capitalismo y su cobertura moral, la democracia, parasitan a las tres cuartas partes de la población mundial y aun así, casi nadie pone en entredicho el orden actual.
El asunto de la inmigración se sitúa entre los temas que más preocupan al occidental. Sus detractores arguyen los más diversos motivos, sus defensores, también. Pero ninguno desvela la verdadera esencia de ese proceso.
La inmigración es la esclavitud de nuestra era. En el siglo XVII, el criminal de turno viajaba en barco a Africa y con redes cazaba poblados enteros que llevaban al occidente poderoso. Hoy, el criminal ha sustituido el barco por los mass media y las cadenas de hierro por las promesas. El viaje que se lo pague el esclavo.
El capitalismo no ha abolido la esclavitud, la ha sofisticado y como siempre, la ha teñido de un aura de moralidad y libertad muy necesaria para su perpetuación.
En el mundo hay más de mil millones de personas hambrientas y muchas de ellas migrarán hipotecando su vida. Efectivamente, nadie les obliga a cruzar el charco o saltar una valla cualquiera para ganarse la vida vendiendo CDs piratas, pero la otra opción es morirse de hambre. Bonito método de ejecutar la libertad personal.
Toda inmigración por motivos económicos es cruel, brutal y deleznable. Toda persona que se ve obligada a huir de la pobreza, abandonar su vida, familia, cultura, tierras y pasado para sobrevivir es un esclavo de la nueva era. Cierto que en el pasado hubo movimientos migratorios, lo triste es que en la actualidad aun no hayamos puesto en práctica mecanismos que permitan a las personas desarrollar su vida donde quieran, no donde puedan. Los defensores de la inmigración arguyen que el Ser Humano es libre de buscarse la vida donde desee, y es cierto. Pero hay un matiz: cuando te ves obligado a hacerlo por necesidad no hay libertad.
La inmigración económica es una terrible enfermedad y el inmigrante su víctima. No es más que un parche para los muchos y terribles agujeros del capital.
Si a la migración individual, libre y autónoma.
No a la migración económica, esclava y denigrante.
La izquierda debería de tomar cartas en el asunto y dejar de hacer el juego al capitalismo, dando cobertura moral a la locura del mercado de humanos, postulando contra ese proceso tumoroso de la inmigración. Que no es lo mismo que el juego de la derecha, que acusa y criminaliza al inmigrante – y por supuesto, ampara la inmigración, tan necesaria a sus intereses -. Se debe de atacar la enfermedad, no al enfermo.
La solución a la inmigración es bien conocida: el fin del intervencionismo y explotación occidental. Una ardua labor de magnas proporciones pero, ¿cuando la izquierda se ha retraído ante lo que podría parecer una utopía?. Las utopías nos marcan el camino y este empieza por la toma de conciencia sobre la esencia y gravedad de los problemas. Un posicionamiento firme contra la esclavitud.


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