DECLARACION DE PRINCIPIOS.
Iniciamos la segunda década del siglo XXI cargados de atavismos propios de la Edad Media. Los púlpitos se visten de plasma y las hogueras no queman la carne, pero anulan la capacidad cerebral. El chorro de información mediática apresa la reacción del espectador, incapaz de procesar ingentes masas de datos, en su mayoría erróneos, tergiversados, subjetivos y siempre, parciales. El supuesto debate, entre “expertos” en la materia de turno, no genera crítica o reflexión, pero si crean corrientes de opinión a los que se suma la masa, según sus gustos y casi siempre, la casualidad. Opiniones cerradas, sin mácula e impermeables a la intervención de aquellos que no comparten las tres o cuatro tendencias generales y por tanto, incorrectas.
En este panorama, creacionistas de nueva y vieja estirpe, homófobos, machistas, autoritarios de todas las gamas y rabos, proliferan bajo los hongos, coartando la libertad, reflexión y en consecuencia, limitando los derechos y favoreciendo la desigualdad, castas y esclavitud legal al compás de fanfarrias taurinas, comparsas del corazón y adalides de la fanfarronería mojigata y progre. En última instancia, la incultura siempre ha sido fiel aliada del poderoso y no olvidemos que la información, sin procesar, encorsetada, es otra forma de censura, de ignorancia.
Vírica quiere hacer honor a su nombre y prodigarse como una infección. Contagiando el virus de la reflexión y el debate activo entre las personas. Para ello echa mano de dos modestas pero efectivas armas: la palabra y la concreción. La primera porque no se trata de vencer sino de convencer. La segunda porque el convencimiento no ha de venir por imposición, sino por reflexión. No se trata de largar enormes parrafadas indigestas que someten, por aburrimiento, la posibilidad de reflexión. Tratamos alimentar el debate con ideas concretas, que deben desmenuzarse por acción individual.
Amemos, pues, la ciencia, respetemos los sabios sinceros y serios, escuchemos con un gran reconocimiento las enseñanzas, los consejos que desde lo alto de su saber tengan a bien darnos; pero no los aceptemos más que a condición de hacerlos pasar y repasar por nuestra propia crítica.
M. Bakunin.
Consideraciones filosóficas sobre el fantasma divino, sobre el mundo real y sobre el hombre.
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